Una ley para Televisa
Crónica de una regresión política
Raúl Trejo DelarbreLos 81 senadores que votaron a favor de
la Ley Televisa no tenían razones, sino conveniencias.
Aquella noche del 30 de marzo de 2006 resistieron, sin
arriesgar una sola réplica, durante 13 horas de
persistentes argumentos por parte de los legisladores
que se oponían a esas modificaciones. Durante los cuatro
meses anteriores se había desarrollado un tenso y amplio
debate en donde quedó claro que las reformas a las leyes
de Telecomunicaciones y de Radio y Televisión aprobadas
inicialmente en la Cámara de Diputados beneficiaban, de
manera ostensible, a las empresas televisoras que ya
disponían de concesiones para difundir por ese medio.
Por eso se le denominó Ley Televisa.
Aquella reforma no favoreció solamente a esa empresa.
Pero el interés que ella invirtió para diseñar,
cabildear y finalmente extorsionar a un significativo
segmento de la clase política mexicana con el propósito
de que esa reforma fuese aprobada, hacía más que
apropiado llamarle de esa manera.
Esa noche del 30 de marzo los senadores
que con más ahínco estudiaron sus implicaciones y cuya
oposición a la Ley Televisa iba más allá de cualquier
bandería partidaria –Javier Corral y Felipe Vicencio del
PAN, Dulce María Sauri y Manuel Bartlett del PRI, César
Raúl Ojeda del PRD entre otros– se habían dirigido en
docenas de ocasiones al cuerpo legislativo en una
batalla argumental y retórica que sabían de antemano
perdida, por lo menos en el corto plazo. Días antes las
fracciones senatoriales de los partidos Acción Nacional
y Revolucionario Institucional habían acordado respaldar
la Ley Televisa no obstante los abundantes motivos que
existían para enfrentarse a ella. En el Senado había 40
legisladores, de todos los partidos, que se reconocían a
contracorriente de la mayoría y cuyo voto fue, por eso,
especialmente meritorio en un sistema político
fundamentalmente resignado a una decisión que no se
había tomado en las cámaras legislativas, ni en las
dirigencias partidarias, sino en las oficinas
corporativas del consorcio mediático más poderoso del
país.
Aprobada en 7 minutos
Televisa eligió con tino político el
momento adecuado para promover esa iniciativa de
reformas. A fines de 2005, cuando ya estaba casi
exhausta la agenda legislativa de ese año y en vísperas
de una temporada electoral que desde entonces se
vislumbraba como la más difícil en la historia del país,
ese consorcio consideró que ya era tiempo de impulsar
las modificaciones legales que le permitieran acaparar
con mejor provecho las innovaciones tecnológicas que
estaban llegando a la radiodifusión del país.
El 22 de noviembre de 2005 el diputado
priista Miguel Lucero Palma había presentado una
iniciativa de reformas a las leyes federales de
Telecomunicaciones y de Radio y Televisión. La mayoría
de los diputados supuso que era una propuesta más, entre
las muchas que de cuando en cuando se plantean como
resultado del interés de algunos de sus colegas para
darse notoriedad con iniciativas que saben condenadas al
congelador legislativo.
El diputado Lucero adquiriría
resonancia pero no por su trabajo sino porque pronto
quedó claro que esa iniciativa no la había preparado él
sino alguno de los despachos de asesoría jurídica en los
que se apoya Televisa. Ese legislador no tenía
conocimiento especializado acerca de asuntos de
telecomunicaciones y sin embargo algunas de las
propuestas que presentó mostraban experiencia y
actualización en tales cuestiones.
La iniciativa de Lucero fue examinada
por dos comisiones de la Cámara de Diputados que la
enmendaron y retocaron algunas de sus deficiencias de
técnica legislativa. En esa tarea participaron, al menos
formalmente, más de 50 diputados que integraban las
comisiones de Comunicaciones o de Radio y Televisión de
esa Cámara. Más tarde, legisladores de todas las
fracciones dirían que nunca conocieron con detalle la
propuesta de Lucero Palma y que la aprobaron sin
entender las implicaciones que tendría. Pero en esas
comisiones había diputados de todos los partidos que
tuvieron que haber revisado, o al menos aprobado, el
dictamen favorable que presentaron el jueves 1 de
diciembre al pleno de la Cámara.
Algunas voces habían alertado acerca de
la inminente aprobación de una reforma de ley que no
había sido discutida. Llamaba la atención,
especialmente, la discreción y la rapidez con que había
sido atendida la propuesta de Lucero Palma a diferencia
de la iniciativa de nueva ley de Radio y Televisión que
varios senadores habían presentado casi dos años antes
en la otra Cámara. Durante casi todo 2005 esa propuesta,
que planteaba reglas para acotar el poder de los grandes
monopolios de la radiodifusión, se había discutido con
vistosa amplitud y no había sido dictaminada en
comisiones senatoriales debido a la oposición de las
empresas televisoras.
Así que el solo hecho de que otra
iniciativa sobre ese tema estuviera por ser aprobada en
San Lázaro, donde está la sede de la Cámara de
Diputados, tendría que haber sido motivo suficiente para
revelar la maquinación que se estaba preparando. Alguna
información en la prensa durante los últimos días de
octubre y una nota en el noticiero que el periodista
Javier Solórzano conducía en el Canal 52, dieron cuenta
de la decisión que estaba por ocurrir.
Sin embargo, antes de la reunión
parlamentaria en donde sería aprobada nadie manifestó
objeciones a esa propuesta de reformas. El jueves 1 de
diciembre, en el transcurso de una sesión que de otra
manera habría sido intrascendente, la secretaria en
turno de la mesa directiva leyó una comunicación de la
Junta de Coordinación Política de la Cámara de Diputados
en donde se solicitaba que el dictamen con propuesta de
decreto acerca de la adición y derogación de diversos
artículos de las leyes federales de Telecomunicaciones y
de Radio y Televisión fuese puesto a votación sin tener
que ser leído como indica la rutina parlamentaria. Que
“se turne lo antes posible”, decía esa comunicación que
estaba suscrita por los diputados Pablo Gómez Álvarez,
presidente de la Junta y coordinador del grupo
parlamentario del PRD; Emilio Chuayffet Chemor,
coordinador del PRI; Jorge González Morfín, coordinador
del PAN; Jorge Kawhagi Macari, coordinador del Verde
Ecologista, y Jesús Martínez Álvarez, coordinador de
Convergencia.
Así que decir que se trató de una
aprobación sorpresiva era por lo menos exagerado. El
proyecto de decreto sobre esas reformas formaba parte
del orden del día de aquella sesión. La decisión no solo
de proponer su aprobación sino de hacerlo con rapidez
había sido tomada, expresa y deliberadamente, por los
coordinadores de todos los partidos políticos con
representación legislativa. En consecuencia con esa
decisión, el proyecto de reformas no solo no fue leído
sino que nadie se aventuró a discutirlo. Acatando la
premura que les indicaron, los diputados de todos los
partidos simplemente aprobaron esas reformas con 327
votos a favor. No hubo una sola abstención. Tampoco voto
en contra alguno.
La que muy pronto sería conocida como
Ley Televisa fue aprobada con toda diligencia y
docilidad por los diputados. Todo eso sucedió, como
dijimos en aquella ocasión, en solamente siete minutos.
Regalo a radiodifusores
Tras su aprobación en la Cámara de
Diputados y mientras era turnada para su discusión en el
Senado, se fueron develando los alcances de la Ley
Televisa. En pocos días una emblemática campaña de
opinión, de la que participaron legisladores de todos
los partidos (entre ellos algunos diputados arrepentidos
por el inopinado voto del 1 de diciembre) así como
escritores, productores, artistas, periodistas e
interesados en la comunicación, apuntó los riesgos que
implicaban esas reformas.
Ese proyecto significaba más
privilegios para las empresas de radiodifusión que ya
disponían de concesiones de radio y televisión y la
discriminación de otros actores sociales –desde pequeñas
radio comunitarias hasta grandes y poderosas compañías
telefónicas– en la utilización plena de los recursos que
ofrece el desarrollo de las nuevas tecnologías en
materia de comunicación.
En rigor, la que sería llamada como Ley
Televisa no buscaba crear una nueva legislación sino
emprender cambios y adiciones a dos leyes federales. A
la Ley de Telecomunicaciones se proponía reformarle 4
artículos y añadirle 5. En la de Radio y Televisión se
proponía la reforma de 13 artículos y la incorporación
de 15 nuevos. La mayor parte de las disposiciones de
esas leyes federales se mantenían. Pero los cambios que
implicaban esas reformas tenían tal importancia que
suscitaron la más intensa discusión pública que haya
existido en México acerca de los medios de comunicación
y sus normas legales.
El tema central de la propuesta de
reformas se encontraba en las modificaciones sugeridas
al artículo 28 de la Ley Federal de Radio y Televisión.
Allí se planteó que las televisoras y radiodifusoras
pudieran difundir servicios de transmisión de datos,
telefonía, Internet y otros, utilizando las frecuencias
que les fueron asignadas para transmisiones de
radiodifusión. Para ello únicamente deberían hacer una
solicitud a la Secretaría de Comunicaciones y
Transportes la cual, se dijo, “podrá requerir” el pago
de una contraprestación. Ese artículo tenía por lo menos
siete implicaciones e insuficiencias graves.
1. Los servicios de telecomunicaciones,
adicionales a los de radiodifusión, serían autorizados
sin licitación o concurso a diferencia del procedimiento
que en México deben cumplir las empresas de telefonía y
conducción de datos cuando quieren obtener una
frecuencia. En tanto las empresas telefónicas han pagado
varios millones de dólares por el derecho a ocupar un
segmento del espacio radioeléctrico en cada una de las
regiones del país, esa utilización sería gratuita para
las televisoras.
2. Al no ser forzoso, el pago de la
contraprestación estaría sujeto a la potestad de la
autoridad administrativa. En México uno de los
principales atrasos en el régimen legal para la
radiodifusión ha sido la discrecionalidad que ejerce la
Secretaría de Comunicaciones y Transportes en la
asignación de concesiones. Con la Ley Televisa, esa
discrecionalidad incluiría la decisión sobre el monto a
cobrar e incluso, sobre la pertinencia de cobrar o
regalar a las televisoras el uso, para funciones
adicionales, de las frecuencias concesionadas. El monto
de ese obsequio que podrían recibir las grandes
televisoras –que son las empresas de radiodifusión que
más espacio ocupan del espectro radioeléctrico– fue
estimado en varios centenares de millones de dólares.
3. Los interesados en ofrecer tales
servicios de telecomunicación y que no tuviesen
concesiones de radiodifusión quedarían marginados de esa
posibilidad. Para decirlo de otro modo: quienes ya eran
privilegiados porque usufructuaban concesiones, tendrían
la vía libre para participar en un negocio adicional. Al
mismo tiempo, otros ciudadanos estarían automáticamente
marginados de ese negocio por lo menos en las plazas
donde el especto radioeléctrico ya estaba saturado.
4. Las estaciones permisionadas –es
decir, las radiodifusoras y televisoras de índole
cultural, educativa y/o gubernamental y también las
radiodifusoras comunitarias– también quedaron excluidas
de la posibilidad de ofrecer tales servicios adicionales
de telecomunicaciones.
5. Al asignar a la SCT la
responsabilidad de tales decisiones, se conservaría la
marginación y la debilidad de la Comisión Federal de
Telecomunicaciones.
6. La Ley Televisa significaría, por
omisión, un formidable regalo adicional a las
televisoras que en julio de 2004, y en virtud de un
Acuerdo del gobierno federal, recibieron la posibilidad
de contar con una frecuencia adicional, por cada una de
las que ya tenían, con el propósito de facilitar el
tránsito a la televisión de carácter digital. Aunque en
ese Acuerdo se dijo que tales frecuencias adicionales se
otorgaban de manera temporal, la Ley Televisa no
estableció mecanismos para que así se hiciera. De esa
manera las televisoras, que en 2006 ya contaban con el
doble de las concesiones que usufructuaban dos años
antes, podrían quedarse de manera indefinida con esas
frecuencias adicionales.
7. También se abriría la puerta a la
inversión extranjera directa en la radiodifusión, que en
México había sido una actividad reservada a empresarios
nacionales. Al establecer que la Ley de Radio y
Televisión estaría supeditada (“en lo que no se oponga”)
a la de Telecomunicaciones y al disponer la sustitución
de los títulos de concesión por otros nuevos, se
sometería a la radiodifusión a las reglas vigentes para
sectores como la telefonía en donde sí era posible la
inversión de esa índole.
Asignación de concesiones
También se proponía que la televisión y
la radio fuesen reguladas por la autoridad
administrativa que hasta entonces había normado el
desempeño de las empresas de telecomunicaciones
–telefonía, comunicación satelital y televisión por
cable entre otras–. La Comisión Federal de esa
actividad, Cofetel, tendría una nueva composición y sus
integrantes deberían ser aprobados por el Senado a
propuesta del presidente de la República.
El mecanismo de integración vigente
hasta entonces, de acuerdo con la Ley Federal de
Telecomunicaciones, consistía en una designación
presidencial de manera directa. Allí había un avance
respecto de la facultad del gobierno para integrar dicha
Comisión. Sin embargo, la Ley Televisa no incluyó
previsiones como las que existen en la conformación de
organismos similares para evitar conflictos de intereses
de sus integrantes cuando tomasen decisiones que
afectaran a instituciones o áreas en las que hubieran
tenido o, en el futuro inmediato, pudieran tener
vinculaciones profesionales.
Diversas propuestas para renovar la Ley
de Telecomunicaciones y por lo tanto para integrar la
Cofetel con criterios más rigurosos sugerían, por
ejemplo, que sus comisionados no hubieran tenido
responsabilidades como legisladores federales o como
directivos de empresas relacionadas con la radiodifusión
y las telecomunicaciones por lo menos dos o tres años
antes de formar parte de dicha Comisión. También se
habían propuesto taxativas para que los comisionados no
pudieran ocupar responsabilidades públicas o en empresas
de las áreas respecto de las cuales habían tomado
decisiones durante uno o dos años después de ese
encargo. Nada de eso se tomó en cuenta en las nuevas
reglas para conformar a la Comisión Federal de
Telecomunicaciones.
Ese organismo, además, estaría sujeto a
importantes limitaciones. En la asignación de nuevas
concesiones para radio y televisión, por ejemplo,
solamente podría opinar. La decisión final en ese
terreno seguiría siendo de la Secretaría de
Comunicaciones y Transportes. Y en el otorgamiento de
permisos, que son las licencias de radiodifusión no
comercial que se entregan a instituciones educativas o
grupos comunitarios, todo el trámite tendría que
seguirse haciendo ante ese ministerio del gobierno
federal. Respecto de la radiodifusión no mercantil, la
Cofetel no tendría autoridad alguna.
Otra innovación del proyecto de ley era
el establecimiento de licitaciones para resolver nuevas
concesiones de radio y televisión. Esa medida parecía
adecuada, en especial ante la facultad suprema que la
legislación, vigente desde 1960, le confería al gobierno
federal para resolver a su arbitrio a qué personas o
empresas decide otorgarles licencias para transmitir por
esos medios. En esa capacidad se ha encontrado una de
las claves del dominio absoluto que, por encima de
cualquier otra institución del Estado, mantiene el
gobierno mexicano en la administración del espectro
radioeléctrico. A diferencia de muchos otros países, en
donde las autorizaciones para difundir por tales medios
son otorgadas y revisadas por organismos en los que
concurren diversas opiniones (como la Comisión Federal
de Comunicaciones en Estados Unidos o el Consejo del
Audiovisual en Francia para mencionar solamente dos de
los ejemplos más conocidos) en México esa atribución
siguió siendo exclusiva del secretario de Comunicaciones
–cuyas determinaciones dependen del presidente de la
República–.
Pero aun cuando el principio de otorgar
las concesiones por concursos era pertinente, la Ley
Televisa no establecía criterios para ellos. Únicamente
decía que los beneficiarios de las nuevas frecuencias
deberían pagar una “contraprestación económica”. Y
aunque es adecuado que quienes explotan con fines
privados un recurso nacional –como son las frecuencias
radioeléctricas– paguen por ese privilegio, el hecho de
que la única pauta establecida en la ley para adjudicar
tales concesiones fuese de carácter financiero implicaba
que los beneficiarios las nuevas licencias serían los
empresarios con más dinero para costearlas. No había
criterios de beneficio social, o de pertinencia
cultural, por ejemplo, en esas reglas.
El hecho de que esas concesiones fuesen
discernidas por subasta monetaria y sin tomar en cuenta
atributos como la capacidad en materia de producción
radiofónica o televisiva, el proyecto cultural que se
intentase difundir, o el provecho que se pretendiera
para una comunidad o un segmento de la audiencia,
implicaba que a la radiodifusión, en esa propuesta, se
la entendía únicamente como un negocio y sin atender a
sus implicaciones de otra índole. Aunque en la propuesta
de reformas se establecía que a los solicitantes de una
concesión se les pediría, junto a diversas
especificaciones técnicas, que presentasen un “proyecto
de producción y programación”, el factor esencial para
esas decisiones sería el dinero. Una de las causas para
que una licitación pudiera ser cancelada sería la
insuficiencia de las ofertas financieras. La Secretaría
de Comunicaciones, decía otro de los artículos de la
iniciativa, podría declarar desierto el procedimiento si
consideraba que “las contraprestaciones ofrecidas no son
satisfactorias”.
Para las nuevas concesiones se
estableció una vigencia de 20 años. La legislación de
1960 indicaba que durarían hasta 30 años, el cual es un
plazo excesivo. En muchos países desarrollados las
concesiones de radio y televisión se conceden y
refrendan por lapsos de 12, 11 o incluso 8 años. Es
decir, la Ley Televisa propuso una vigencia mayor a la
usanza internacional en esa materia.
Fallidos anzuelos
El objetivo principal de la Ley
Televisa era asegurar para dicha empresa un lucro sin
obstáculos en la explotación de las abundantes
frecuencias de las que dispone. Para ello, y
posiblemente en busca de adhesiones, la propuesta
incluyó dos anzuelos aparentemente atractivos. Por un
lado, otorgaba facilidades para que las estaciones de
radio y televisión difundieran más contenidos de origen
nacional. Por otro, supuestamente mejoraba la regulación
para que los partidos políticos contratasen propaganda
electoral. Con esas medidas al parecer se pretendía el
respaldo de una gran cantidad de productores
independientes que habitualmente están marginados por
las empresas de radio y televisión, así como de los
sectores y grupos que consideran excesivo e incontrolado
el gasto en publicidad política en los medios
electrónicos.
Ambas propuestas eran engañosas. La
primera, les ofrecía a los radiodifusores la posibilidad
de tener 5% más del tiempo que la ley les autoriza para
difundir publicidad a cambio de que destinasen al menos
20% de sus espacios a programas producidos por empresas
distintas de los consorcios mediáticos. Pero sólo se
aludía a la “producción nacional independiente” sin
definir ese término de tal manera que existía la
posibilidad de que, subcontratando con una empresa de su
propiedad, los grandes grupos de radiodifusión
obtuvieran la bonificación del 5% en tiempo
publicitario. A diferencia de las legislaciones que en
otros países fomentan la producción independiente con
exenciones y otros estímulos pero también con cuotas
fijas de contenido nacional (como sucede en Canadá y en
varios países europeos) el único incentivo que
presentaba la Ley Televisa era de carácter comercial.
Para la adquisición de espacios
destinados a proselitismo político, la iniciativa
señalaba que se debería “informar” al Instituto Federal
Electoral “sobre la propaganda que hubiese sido
contratada por los partidos políticos o por los
candidatos”. Dicho Instituto estaría encargado de “pagar
la publicidad electoral de los partidos políticos con
cargo a sus prerrogativas”. Aparentemente esa
disposición le permitiría a la autoridad electoral
contar con un nuevo recurso para fiscalizar el gasto de
los partidos. Pero el IFE era colocado solamente como
tesorero de recursos que los partidos seguirían gastando
según los términos que cada uno de ellos acordase con
cada empresa de televisión y radio. Por otro lado esa
propuesta entraba en contradicción con la legislación
federal para las elecciones, en donde se prohíbe que la
propaganda política sea contratada por los candidatos;
esa es una prerrogativa exclusiva de los partidos.
Inexcusables omisiones
Además de numerosos rasgos discutibles,
la Ley Televisa no se ocupaba de temas que habían sido
considerados indispensables en numerosas discusiones y
propuestas para reformar la legislación mexicana en
materia de medios electrónicos. Algunas de esas
ausencias eran:
-
Ausencia de límites a la
concentración de las empresas de radio y/o
televisión. Esa carencia, se traduciría en vía libre
para que hubiera más medios de comunicación en menos
manos. En el plano internacional existen diversas
modalidades para atajar la concentración de los
medios electrónicos. En México, en distintas
ocasiones se ha sugerido la posibilidad de negar el
otorgamiento de nuevas concesiones a las empresas
que ya tuvieran más del 35% de las frecuencias en
una localidad específica.
-
Ignorancia casi completa de los
medios del Estado y de carácter público. La Ley
Televisa no se ocupaba de tales medios, excepto para
imponerles nuevas restricciones.
-
No había una sola palabra acerca de
las responsabilidades que los radiodifusores, en
tanto usufructuarios de un servicio público, tienen
con la sociedad.
-
No se incluyó el derecho de réplica
que suele ser, en el mundo civilizado, una
prerrogativa elemental de los ciudadanos para
aclarar o impugnar menciones formuladas en los
medios y que afecten su honorabilidad o fama
pública.
-
No había referencia alguna a las
inoperantes sanciones que establece la legislación
de 1960 para quienes infringen el marco jurídico de
los medios electrónicos.
Discrepancias y adhesiones
El favoritismo en beneficio de las
grandes empresas de radiodifusión, así como sus muchas
insuficiencias, fueron causa del rechazo que la Ley
Televisa suscitó en significativos segmentos de la
sociedad mexicana. Entre los desacuerdos a esa
iniciativa destacaban dos posiciones. Por un lado se
conocieron manifiestos, declaraciones, artículos de
prensa y participaciones públicas de personas y
organismos inconformes fundamentalmente porque esa
propuesta de reformas implicaba más privilegios para
Televisa y otros consorcios mediáticos, en detrimento de
la competencia deseable en los medios electrónicos. Por
otra parte, se expresaron grupos que estaban en
desacuerdo con esas reformas porque no les conferían
ventajas que habían esperado.
En el primer grupo se ubicaron, entre
muchos otros, 112 escritores, artistas y productores,
así como dirigentes de organismos profesionales y
especializados, que en la primera semana de diciembre
suscribieron el manifiesto “Sobre Radio y Televisión.
Rechazamos una Reforma al Vapor” en donde cuestionaban
los rasgos principales de la iniciativa aprobada por los
diputados y exigían a los senadores que no la
respaldaran sin una deliberación amplia. “La reforma
tiene una visión estrictamente mercantil. Las opciones
que abre la tecnología digital para la propagación de
diversos servicios (telefonía, radiodifusión,
transmisión de datos, etcétera) beneficiarían solamente
a los concesionarios más poderosos y no a las
radiodifusoras que operan bajo el régimen de permisos.
Las dos principales empresas de la televisión comercial
serían agraciadas con un negocio adicional a los que ya
tienen”.
Con esa opinión, aunque por otros
motivos, coincidieron algunos operadores de
radiodifusión y telecomunicaciones. Rogerio Azcárraga,
presidente del Grupo Radio Fórmula, le exigió al
presidente de la Cámara Nacional de la Industria de la
Radio y la Televisión, CIRT, que se empeñara en detener
la aprobación de esa iniciativa en el Senado. La
decisión de los diputados la calificó de “emboscada” y
consideró que la minuta aprobada era “perversa”, así
como “contradictoria y dolosamente tendenciosa”. En ella
se llega “al absurdo de vender parte del territorio
nacional”, decía Azcárraga aludiendo a la subasta
económica como criterio para adjudicar la utilización de
un segmento del espectro radioeléctrico . La causa
principal de la inconformidad de ese empresario era la
ausencia, en la iniciativa de reformas, de alguna
disposición que les garantizara a los operadores de
radiodifusoras en la banda de Amplitud Modulada la
adjudicación de un canal adicional en la banda de
Frecuencia Modulada. Esa era una aspiración que durante
varios años habían sostenido radiodifusores de todo el
país cuyas estaciones en AM estaban siendo, según ellos,
cada vez menos competitivas ante el desarrollo de la FM.
No había motivos legales ni políticos
para que esa aspiración coyuntural tuviera que formar
parte de una legislación pensada para normar durante
varios años a la radiodifusión. Pero la pretensión de
frecuencias en FM movilizó a docenas de empresarios que,
como Rogerio Azcárraga, consideraban que tenían derecho
a ellas.
En coincidencia con esa petición un
grupo de 62 concesionarios, la mayoría propietarios de
pequeñas estaciones en los estados, formó un bloque
dentro de la CIRT e incluso exigió la expulsión de
Televisa y Televisión Azteca de ese organismo .
Encabezados por Roque Chávez, la inquietud principal de
esos empresarios era lograr acceso a la FM.
Por su parte la Cámara Nacional de la
Industria Electrónica, de Telecomunicaciones e
Informática expresó “sorpresa, preocupación y
desacuerdo” ante la reforma del 1 de diciembre que,
entre otros aspectos, juzgó como “inequitativa al
plantear una convergencia consistente en que televisoras
y radiodifusores presten servicios de
telecomunicaciones, pero no los concesionarios de
telecomunicaciones presten servicios de TV y audio” .
En contradicción con esas opiniones la
representación oficial de los radiodifusores mexicanos,
la Cámara Nacional de la Industria de Radio y
Televisión, elogió la iniciativa (“está orientada a las
mejores prácticas internacionales”), consideró que no
beneficiaba a nadie de manera específica (“los
agremiados de la CIRT han concluido mayoritariamente que
la iniciativa es positiva y neutra respecto de intereses
particulares”) y, aunque admitía la “ausencia de una
consulta a esta asociación gremial”, declaraba que esa
reforma “representa un avance significativo”.
Muchas otras opiniones se desgranaron
durante las últimas semanas de 2005 y especialmente una
vez que comenzó el nuevo año. Cuando el rechazo a la que
para entonces ya era conocida como Ley Televisa se
extendió en algunos sectores de la sociedad los
diputados del Partido de la Revolución Democrática, que
habían votado por ella, declararon que le retiraban su
adhesión. Era una decisión algo tardía aunque, al menos,
reconocía la complacencia o el descuido con que esos
legisladores votaron el primer día de diciembre. La
minuta aprobada ese día en la Cámara de Diputados llegó
la siguiente semana al Senado en donde, de inicio, el
PRD informó que estaba en contra de ella. Los
coordinadores de los grupos senatoriales del PAN y el
PRI querían que se aprobase de inmediato pero los
cuestionamientos publicados en numerosos medios, así
como el rechazo que algunos senadores de esos partidos
manifestaron acerca de la iniciativa, obligó a que su
discusión fuera postergada hasta febrero, cuando hubiera
un nuevo periodo de sesiones del Congreso.
Defensores e impugnadores
Las posiciones acerca de la Ley
Televisa se decantan y reproducen durante enero de 2006.
Organismos como la Red de Radiodifusoras y Televisoras
Educativas y Culturales de México –que reúne a medio
centenar de estaciones y sistemas de radiodifusión de
todo el país– y la delegación en México de la Asociación
Mundial de Radiodifusoras Comunitarias –que unos meses
antes había logrado el reconocimiento legal de una
docena de estaciones de esa índole– rechazan la Ley
Televisa.
En el otro flanco, los defensores de
esa iniciativa eran escasos. Los más notorios, son
varios abogados que trabajaban en despachos de asesoría
jurídica en algunos de los cuales, según se presumía
desde entonces, fue elaborada la Ley Televisa y que
habían sido contratados por esa y otras empresas de
radiodifusión. Varios de esos abogados y, por otra
parte, algunos de los impugnadores de la Ley Televisa,
fueron convocados a una reunión, el 11 de enero, con
senadores del Partido Revolucionario Institucional . Al
día siguiente el presidente de la Comisión de
Comunicaciones y Transportes del Senado, Héctor Osuna
Jaime, senador por el PAN, invitó a quienes se habían
manifestado contra la minuta a que le enviasen por
escrito sus puntos de vista porque “queremos saber cuál
es su verdadera preocupación” . Varios de los aludidos
por Osuna le respondieron que sus motivaciones y razones
habían sido expresadas ya de manera pública y que lo que
hacía falta era una consulta formal por parte del
Senado, para que se discutieran todos los puntos de
vista sobre las reformas para la radiodifusión.
A regañadientes, pero acicateado por la
exigencia de los senadores de varios partidos que se
oponían a la Ley Televisa, a comienzos de febrero Osuna
convoca una docena de interesados en esa discusión a a
una reunión de la Comisión que preside. El miércoles 8
de febrero la sesión, en uno de los salones de la Torre
del Caballito en donde tiene oficinas el Senado de la
República, se prolonga tanto que después de casi ocho
horas de discusión, ya de madrugada, abre un receso
hasta la siguiente semana. En total se realizan cuatro
reuniones de consulta, los días 8, 15, 22 y 28 de
febrero, todas ellas transmitidas por el Canal de
Televisión del Congreso y en las cuales se manifiestan
las opiniones de casi medio centenar de participantes.
En defensa de la Ley Televisa acuden asesores y
empleados de esa empresa y algunos ex funcionarios
públicos. En contra, comparecen radiodifusores
independientes, consultores, productores,
investigadores, periodistas y los directivos de
agrupaciones como la Red de Radiodifusoras y Televisoras
Educativas y Culturales, el Colegio Nacional de
Economistas y la Asociación Mexicana de Investigadores
de la Comunicación. Durante esas sesiones se expresaron
12 participantes a favor de la minuta de reformas
legislativas y, en contra, 34 .
Además de esas opiniones, la comisión
senatorial recibió los puntos de vista de cuatro
autoridades federales. Xóchitl Gálvez, titular de la
Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos
Indígenas, acudió a la consulta del 15 de febrero para
decir que entre los defectos de la minuta estaba la
ausencia de referencias a la diversidad cultural
deseable en la radiodifusión y a la existencia de
radiodifusoras indígenas. Y luego, en una sesión
realizada el 23 de febrero, los presidentes de la
Comisión Federal de Competencia, la Comisión Federal de
Telecomunicaciones y el Instituto Federal Electoral
–este último a través de un documento– se manifestaron
contra la minuta.
Eduardo Pérez Mota, presidente de la
Comisión Federal de Competencia, había expresado desde
diciembre que con esas reformas legales no se promovía
un mercado de radio y televisión capaz de satisfacer las
necesidades de variedad, calidad y mejores precios que
tienen los consumidores. Jorge Arredondo, presidente de
la Cofetel, subrayó insuficiencias de esa propuesta como
la falta de regulación de redes de telecomunicaciones,
dijo que no garantizaba la rectoría del Estado sobre el
espectro radioeléctrico y que los objetivos del
organismo regulador eran poco claros –Arredondo
encabezaba la comisión que sería reformada con las
modificaciones contenidas en la Ley Televisa–. A nombre
del presidente del Instituto Federal Electoral, Luis
Carlos Ugalde, su coordinador de asesores manifestó que
la aprobación de esa reforma podría quitarle a esa
institución capacidad de vigilancia sobre el gasto
financiero de los partidos y convertiría al propio IFE
en simple “caja de cobro” de la publicidad que
contratasen los partidos en radio y televisión.
Además de esas audiencias públicas en
el Senado la Ley Televisa fue tema de numerosos foros y
discusiones, especialmente en universidades y medios de
comunicación. Al mismo tiempo, los senadores que se
oponían a ese proyecto habían elaborado una nueva
propuesta de reformas y se afanaban para promoverlo
dentro sus partidos.
Coacciones, juego sucio
Con las opiniones más autorizadas en
contra, parecía claro que la Ley Televisa estaba repleta
de rasgos cuestionables y solamente beneficiaba a
consorcios como ése. No obstante, Televisa se había
empeñado en que fuera aprobada. La arbitrariedad de ese
comportamiento, junto con la docilidad de buena parte de
la clase política mexicana para aceptarlo, causaban
asombro fuera y dentro del país. Hasta un diario como
The Wall Street Journal, tan lejano de cualquier
propensión estatista y más bien proclive a ensalzar a
las grandes corporaciones, decía a comienzos de marzo
que el Grupo Televisa estaba “presionando a los
legisladores mexicanos para que le permitan conservar su
dominio de la televisión del país, más allá de quien se
imponga en las elecciones de julio próximo” . Relacionar
ese empeño de Televisa con el desenlace de los comicios
presidenciales no era descabellado. La en esos momentos
muy cercana posibilidad de que las elecciones las ganase
el candidato del PRD, Andrés Manuel López Obrador, pudo
haber apresurado el interés de esa televisora a fin de
asegurar una utilización de las nuevas
telecomunicaciones conveniente a sus intereses
corporativos.
Con ese afán y ya que sus apoyos y
argumentos escaseaban, Televisa trató de neutralizar a
quienes se oponían a la reforma legal. La Cámara
Nacional de la Televisión por Cable, Canitec,
inicialmente había estado reticente a respaldar la Ley
Televisa. Sin embargo hacia el mes de febrero su
presidente, Alejandro Puente, declaró que ese organismo
miraba “con buenos ojos” la propuesta de reformas. El
senador Javier Corral, que encabezó las acciones
legislativas contra ese proyecto, denunció que las
empresas de cable que forman parte de la Canitec habían
sido amenazadas por Televisa con retirarles la
autorización para que transmitieran en sus sistemas las
señales de los canales abiertos de esa empresa.
También cambió de posición la Cámara
Nacional de la Industria Electrónica, de
Telecomunicaciones e Informática que cuando la Ley
Televisa fue aprobada por los diputados había
denunciado, como apuntamos antes, que ese proyecto
respondía “a intereses particulares, contrarios al
interés público, al no propiciar una sana competencia,
introducir inequidad en las reglas y limitar la
convergencia” . En contradicción con esa postura el
primero de febrero en una carta dirigida al Senado la
presidenta de la Canieti, María Teresa Carrillo Prieto,
exhortaba a los legisladores “a continuar con el proceso
de revisión de la minuta en cuestión, en virtud de los
avances que ya contempla la minuta turnada por la Cámara
de Diputados”.
Pronto se sabría que también ese viraje
era producto de apremios ejercidos por Televisa. El 1 de
marzo de 2006 el diario El Universal dio a conocer
transcripciones de algunas conversaciones telefónicas
del director Jurídico de Televisa, Javier Tejado Dondé .
En varias de ellas, ese funcionario hablaba con
directivos de empresas telefónicas miembros de la
Canieti (como Alestra y Avantel) para que apoyaran las
reformas legales. En una de esas conversaciones Tejado
comenta que para persuadir a Teresa Carrillo, presidenta
de la Canieti, Televisa había presionado al jefe de la
empresa en donde ella trabajaba, la firma Hewlett
Packard.
La publicación de aquellas
transcripciones confirmó los amagos corporativos que
Televisa ejercía para forzar adhesiones a su propuesta
legislativa. Pero al mismo tiempo fue un recurso
tramposo. El Universal nunca informó cómo obtuvo las
grabaciones y la intercepción al teléfono de Tejado era
evidentemente ilegal. Ese funcionario de Televisa acusó
de la intercepción telefónica a la Secretaría de
Comunicaciones y Transportes. La SCT respondió que
Tejado debía probar esas acusaciones o retractarse.
El director Jurídico de Televisa no
hizo ninguna de las dos cosas y el episodio quedó como
expresión del juego sucio que había no solamente en el
flanco de los defensores de las reformas legales sino,
también, entre algunos de quienes las impugnaban. Lo que
sí resultaba indudable era que desde la aprobación en la
Cámara de Diputados la Secretaría de Comunicaciones y
Transportes se opuso, siempre a trasmano, a la Ley
Televisa. Funcionarios de ese ministerio gubernamental
filtraron documentos con apreciaciones desfavorables a
la propuesta de reformas, cabildearon dentro del
gobierno en contra de ella y llegaron a difundir la
especie de que si era aprobada por el Senado el
Presidente de la República podría vetarla (en realidad,
de acuerdo con la Constitución el titular del Ejecutivo
Federal solamente podía haberse negado a publicarla y
regresarla al Congreso para que los legisladores
volvieran a votar esa iniciativa). Con esas acciones,
que nunca fueron públicas, la SCT parecía querer dirimir
una antigua rivalidad que varios de sus funcionarios
tenían con Televisa.
El Universal, otro actor destacado en
el frente contra la Ley Televisa, mantuvo durante varios
meses una persistente cobertura del diferendo alrededor
de esa reforma, privilegiando las posiciones adversas a
ella. Ningún otro diario ni medio de comunicación dio
tanto espacio e importancia al debate contra la Ley
Televisa. Gracias a ello cualquier reconstrucción de ese
episodio tiene que partir, inevitablemente, de los
artículos, entrevistas y desplegados publicados en ese
periódico. Pero la causa de El Universal no era
desinteresada. La empresa que edita ese diario tenía
varios años buscando que el gobierno abriera a
licitación frecuencias de televisión para concursar por
ellas. Cuando la Cámara de Diputados aprobó la reforma
de los siete minutos y fue evidente que cualquier
asignación de nuevos canales estaría condicionada por
las reglas establecidas a conveniencia de Televisa, El
Universal tomó partido contra esas modificaciones. Ese
interés no demerita la cobertura periodística ni las
definiciones editoriales que El Universal asumió
respecto de la Ley Televisa pero identificarlo,
contribuye a entenderlo.
Poco después, cuando la Ley Televisa
aún estaba por ser aprobada en el Senado, ese diario se
asoció con Televisión Azteca para usufructuar la
frecuencia del Canal 40 que le fue ilegalmente
arrebatada a la empresa CNI en el transcurso de un
litigio repleto de vicisitudes. Esa es una historia
diferente a la que nos ocupa en estas páginas pero
permite demostrar la inconsecuencia política del
periódico que con más ahínco participó en el
cuestionamiento a la Ley Televisa.
El compromiso de PAN y PRI
Las adhesiones que Televisa propició a
la reforma legal eran solamente parte del contexto que
esa empresa y sus operadores querían construir para una
decisión que finalmente no dependería del balance entre
antagonistas y defensores de esa iniciativa sino,
exclusivamente, del voto de los senadores. La decisión
estaba tomada a favor de la Ley Televisa desde meses
antes pero ese consorcio se encargó de impedir que
pudiera variar.
Las campañas electorales ya habían
comenzado. Aunque el propósito inicial de sus impulsores
era que la Ley Televisa fuese aprobada en diciembre de
2005, la prórroga forzada por los cuestionamientos a esa
propuesta llegó a significar una ventaja adicional para
la capacidad de presión de dicha empresa. Ya en marcha
las campañas, los partidos políticos y sus candidatos
presidenciales estaban ávidos por ganar espacio en los
medios de comunicación –especialmente en los canales del
consorcio con mayor audiencia en la televisión–. Así que
cuando los directivos de Televisa les propusieron
respaldarlos a cambio de que aprobaran las reformas de
ley, los dirigentes nacionales y los candidatos
presidenciales del PAN y del PRI, Felipe Calderón y
Roberto Madrazo, aceptaron sin chistar. Al menos eso se
puede concluir de las instrucciones que enviaron a sus
legisladores.
El miércoles 23 de marzo, los senadores
panistas recibieron instrucciones perentorias y expresas
para aprobar la Ley Televisa. De acuerdo con la versión
que al día siguiente publicó la reportera Andrea
Becerril, en La Jornada, en una reunión con esos
legisladores de Acción Nacional el presidente nacional
de ese partido, Manuel Espino, “hizo una férrea defensa
de la minuta aprobada por los diputados y ante la
división y las muchas voces en contra de su petición,
obligó a los senadores a definirse, mediante el voto. Se
sabe que la votación la ganó el dirigente nacional del
PAN durante esa reunión a puerta cerrada en la que –de
acuerdo con versiones de unos 10 senadores blanquiazules
asistentes– Espino acabó por reconocer que aprobar en
sus términos la ley Televisa les rendirá beneficios en
la contienda por la Presidencia de la República...
Espino insistió ante los senadores que debían aprobar la
minuta, por las condiciones políticas del momento. Ello,
sostuvo, les permitirá ‘transitar mejor en los tiempos
electorales’. Todos entendieron que la intención es
apuntalar la campaña de Calderón en los medios
electrónicos”.
Dos meses después el senador Javier
Corral, que pese a la instrucción ordenada por ese
partido mantuvo su oposición a la Ley Televisa, confirmó
aquella reunión al recordar, acerca de dicha iniciativa:
“Manuel Espino, presidente del PAN, nos dijo a los
senadores del partido que debíamos aprobarla por un
asunto de carácter político electoral. Fue uno de los
momentos más tristes en mi vida dentro de Acción
Nacional”.
Lo mismo sucedió al día siguiente, 24
de marzo, con los senadores del Partido Revolucionario
Institucional. El senador Manuel Bartlett, opositor a la
Ley Televisa, describió varias semanas después aquella
reunión: “En la fracción del PRI, pasando por alto el
compromiso formal de discutir la minuta en un pleno ex
profeso, sin advertencia, en una reunión de rutina, se
argumentó la necesidad de aprobar de inmediato la citada
minuta en sus términos, por convenir a la candidatura de
Roberto Madrazo. Ante una votación interna dividida se
acordó el voto libre, de conciencia, pero se impuso el
voto de la línea. El ‘aparato’ entró en operación, no se
permitió la confrontación de las tesis diferentes para
la toma democrática de posiciones, no se evaluó el
interés público, la vulneración del Estado, se
desatendieron cinco años de discusión y el
reconocimiento previo de todos los senadores de la
necesidad de democratizar la radiodifusión, no se
atendió la opinión contraria de las autoridades: Cofetel
y Cofeco, ni las consecuencias negativas para la
sociedad que describieron detalladamente dichas
autoridades. Nada, el interés superior fue el de los
candidatos y sólo el de los candidatos”.
Tal interés también se expresaba en
pesos y centavos. Ese mismo día el comentarista político
Ricardo Raphael explicaba así algunos de los motivos del
candidato presidencial del PRI para respaldar la Ley
Televisa: “Funcionarios de Televisa le enseñaron a
Madrazo la enorme cuenta que aún les debe por su
desbordada campaña publicitaria. No fue necesario más: a
excepción de muy pocos como Manuel Bartlett, el resto de
los senadores se plegaron a la línea que les dictó su
candidato a la Presidencia”.
Forzada por la conveniencia electoral,
la decisión de esos partidos políticos contribuía a
reforzar el poder y los intereses de Televisa pero
además tenía un ingrediente notoriamente absurdo. Si los
directivos de Televisa les habían ofrecido a los líderes
del PAN que apoyarían su campaña presidencial y lo mismo
les habían dicho a los líderes del PRI, ¿cómo era
posible que fueran a cumplir ambos compromisos?
Finalmente los canales de ese consorcio no otorgaron más
espacio a la cobertura de las actividades del candidato
panista ni del priista. El candidato con mayor presencia
en los noticieros y programas de discusión de Televisa
fue Andrés Manuel López Obrador, del PRD . Ese partido
se opuso en el Senado a la Ley Televisa pero sus votos
no hacían falta para aprobarla. López Obrador nunca
cuestionó esa reforma y cuando se supo que sus rivales
habían pactado con dicha empresa se negó a aceptarlo:
“No creo que Televisión Azteca y Televisa hayan
negociado eso. Y si no, como dice la canción, ya el
corrido lo dirá; nos vamos a dar cuenta”.
La prensa de los últimos días de marzo
registra numerosas expresiones contra la Ley Televisa:
la Academia Mexicana de Ingeniería, la Asociación
Mexicana de Productores Independientes, la Federación
Iberoamericana de Productores Cinematográficos, las
radiodifusoras culturales y los radiodifusores
independientes, dos docenas de sindicatos encabezados
por la Asociación Sindical de Pilotos Aviadores, entre
otras agrupaciones, además de docenas de artículos de
opinión. La Ley Televisa había dejado de ser asunto
solamente de profesionales o especialistas de la
comunicación.
Ya en el último tramo antes de la
votación senatorial, la noche del lunes 27 de marzo los
dos noticieros más importantes de la televisión
mexicana, el que conduce Joaquín López Dóriga en el
canal 2 de Televisa y “Hechos” con Javier Alatorre en el
canal 13 de TV Azteca, dedicaron sendos editoriales a
defender las reformas y descalificar a sus críticos. “Es
falso que se haya prometido a candidatos y partidos
políticos favores y preferencias en lo comercial o lo
noticioso a cambio de aprobar la reforma”, dijo López-Dóriga
aunque admitió que Televisa “tiene un interés abierto,
legal y legítimo” en la aprobación de esa minuta. Las
informaciones acerca de las reuniones panista y priista
lo desmentían. Alatorre vituperó a los senadores que
encabezaban la oposición a dicha reforma: Javier Corral
del PAN, Manuel Bartlett del PRI y César Raúl Ojeda del
PRD, “son emisarios que con mentiras pretenden confundir
a la sociedad", dijo sin explicar qué falsedades decían
y en nombre de quién hablaban.
La misma canción, todo el día
Otras expresiones, menos admonitorias y
evidentemente más creativas, dieron a conocer el
disgusto de los medios públicos, culturales y estatales
ante la inminente aprobación de la Ley Televisa. Durante
todas las semanas anteriores ese asunto había sido
ventilado por radiodifusoras y televisoras de esa
índole. Los canales 11 y 22 de televisión abrieron sus
frecuencias a mesas redondas y entrevistas. TV UNAM
produjo varias cápsulas informativas y un par de mesas
de análisis que se retransmitieron en televisoras y
radiodifusoras culturales de todo el país. Radio
Educación y Radio UNAM dedicaron amplios espacios a esa
discusión y el día que se reunió el Senado hicieron
enlaces especiales con la sesión legislativa. El Canal
del Congreso transmitió las audiencias sobre ese tema y
la sesión senatorial.
Quizá la protesta más original contra
la Ley Televisa fue la que pusieron en práctica las
estaciones del Instituto Mexicano de la Radio y sus
repetidoras en diversos sitios del país. El miércoles 29
de marzo, esas emisoras transmitieron una sola pieza
musical –una distinta en cada estación del IMER en la
ciudad de México– para enfatizar la monotonía que habría
en materia de contenidos si los monopolios
comunicacionales seguían acaparando el panorama
radiofónico. La XEB, que suele difundir música popular
transmitió todo el día, una vez tras otra, la canción
“Cheque en blanco” interpretada por Paquita la del
Barrio. En la 710, ahora de música ranchera, se escuchó
“La neta de las netas” con Los Tigres del Norte. Radio
660, que además de programas de grupos civiles difunde
música latinoamericana, eligió “Si se calla el cantor”,
de Mercedes Sosa. En Opus 94, de música clásica, todo el
día se escuchó “Erbarme dich” de La pasión según San
Mateo de Johann Sebastian Bach. Horizonte 108, que suele
dar cabida al jazz, ofreció “Blue Monk”, el emblemático
blues de Thelonious Monk. La rockera Reactor 105.7
machacó todo el día con “Revés” de Café Tacuba.
Entre una u otra repetición se
escuchaba un mensaje que decía: “Un país sin pluralidad
de medios de comunicación sería como escuchar la misma
canción todo el día. Hoy miércoles 29 de marzo sólo
trasmitimos una canción. Las modificaciones a la Ley de
Radio y Televisión reducen la posibilidad de crear
opciones, el Instituto Mexicano de la Radio manifiesta
su desacuerdo. ¿Tú qué piensas?”. El correo electrónico
del IMER quedó saturado con más de 10 mil mensajes, la
gran mayoría en respaldo a esas emisoras. La insólita
protesta era un tanto testimonial porque nadie esperaba,
a esas alturas, que el Senado no aprobase la Ley
Televisa. Pero contribuyó a que esa decisión no pasara
inadvertida y, además, indicó la relativa pero eficaz
autonomía con que funcionaba la radio del gobierno
federal. Aunque a pesar de algunas dubitaciones la
administración del presidente Fox apoyó la Ley Televisa,
en medios a cargo del gobierno pudieron expresarse
críticas como la que con valentía y audacia dispuso
Dolores Béistegui, la directora del IMER.
Aprobada sin modificaciones
El 28 de marzo, las comisiones
senatoriales que recibieron la minuta con las reformas
legales para la radiodifusión y las telecomunicaciones
habían aprobado, por apenas 11 votos contra 9 –y dos
abstenciones–, el dictamen favorable a esa iniciativa.
Sus defensores no quisieron expresar argumento alguno a
favor de la Ley Televisa. Simplemente escucharon, por
largo rato, los cuestionamientos de los senadores que
estaban en contra de esas reformas.
Ese comportamiento anticipaba la
actitud de la mayoría senatorial que un par de días más
tarde, el jueves 30 de marzo, aprobó la Ley Televisa por
81 votos a favor. 40 senadores votaron en contra. 4 más,
se abstuvieron.
Tampoco allí hubo discusión. Durante
más de 13 horas, los senadores que impugnaban esa
reforma ocuparon la tribuna para argumentar, un artículo
tras otro, los motivos de su desacuerdo. Sería sencillo
decir que los defensores de la Ley Televisa se quedaron
callados. Pero en realidad los senadores que a la postre
votarían por esas reformas en ningún momento intentaron
defenderlas. No era indiferencia: se trataba, por un
lado, de un ostentoso desprecio por la discusión. Y
sobre todo, de una palmaria pobreza de ideas. Derrotados
en el terreno de los razonamientos durante las
audiencias del Senado, en los debates que hubo en
numerosos medios de comunicación e incluso dentro de sus
propios partidos, los legisladores que respaldaron la
Ley Televisa por resignación o conveniencia –o aquellos
que pudieron haberlo hecho por convicción– se limitaron
a esperar con paciencia el momento de las votaciones. A
favor de esas reformas a las leyes de Telecomunicaciones
y Radio y Televisión, votaron 44 senadores del PRI, 30
del PAN y 5 del Partido Verde así como dos senadores sin
partido. En contra de ellas, votaron 15 senadores del
PRD, 13 del PAN, 11 del PRI y un legislador sin partido.
Se abstuvieron 3 panistas y un priista.
Tampoco allí hubo discusión. Durante
más de 13 horas, los senadores que impugnaban esa
reforma ocuparon la tribuna para argumentar, un artículo
tras otro, los motivos de su desacuerdo. Sería sencillo
decir que los defensores de la Ley Televisa se quedaron
callados. Pero en realidad los senadores que a la postre
votarían por esas reformas en ningún momento intentaron
defenderlas. No era indiferencia: se trataba, por un
lado, de un ostentoso desprecio por la discusión. Y
sobre todo, de una palmaria pobreza de ideas. Derrotados
en el terreno de los razonamientos durante las
audiencias del Senado, en los debates que hubo en
numerosos medios de comunicación e incluso dentro de sus
propios partidos, los legisladores que respaldaron la
Ley Televisa por resignación o conveniencia –o aquellos
que pudieron haberlo hecho por convicción– se limitaron
a esperar con paciencia el momento de las votaciones. A
favor de esas reformas a las leyes de Telecomunicaciones
y Radio y Televisión, votaron 44 senadores del PRI, 30
del PAN y 5 del Partido Verde así como dos senadores sin
partido. En contra de ellas, ellas. Si el Senado hubiera
incorporado alguna enmienda, la minuta de reformas
tendría que haber regresado a la Cámara de Diputados y
los impulsores de la Ley Televisa no querían demorar más
su aprobación. Tanto así que aquel 30 de marzo, antes de
que fuesen aprobadas las modificaciones a las leyes de
telecomunicaciones y radio y televisión, varios de los
senadores que las respaldaban presentaron una reforma...
a esa reforma. Parece absurdo y así lo era: antes de que
las reformas denominadas como Ley Televisa hubieran sido
votadas –y por lo tanto antes de que fuesen ley, para lo
cual todavía tenía que ocurrir la promulgación de esas
modificaciones y adiciones en el Diario Oficial– algunos
senadores propusieron correcciones a ellas. Esos cambios
buscaban, entre otras cosas, darle mayor presencia a la
Comisión Federal de Competencia en la licitación de
concesiones para radio y televisión y, por otro lado,
autorizar a las compañías telefónicas para que pudieran
difundir señales de televisión en las redes que ya
tenían. Más allá de la pertinencia de esas enmiendas, el
hecho de proponerlas antes de que existieran las leyes a
las cuales se pretendía incorporarlas era sintomático
del descuido con que se desarrolló ese proceso
legislativo.
La nueva Cofetel
La Ley Televisa fue publicada el 11 de
abril en el Diario Oficial de la Federación pero su
discusión no terminó allí. El 4 de mayo, 47 senadores
presentaron ante la Suprema Corte de Justicia una
solicitud para que las reformas a las leyes federales de
Radio y Televisión y de Telecomunicaciones fuesen
declaradas inconstitucionales. Ese recurso tardaría
varios meses en ser resuelto y hacía evidentes varias de
las contradicciones entre tales reformas y principios
constitucionales como el que adjudica al Estado mexicano
la soberanía sobre el espacio radioeléctrico.
Mientras tanto las disposiciones de la
Ley Televisa comenzaron a ser vigentes, comenzando por
la integración de la nueva Comisión Federal de
Telecomunicaciones. A mediados de mayo el presidente
Vicente Fox envió a la Comisión Permanente del Congreso
–en la cual recaía la atribución del Senado para
resolver sobre las propuestas acerca de los
comisionados– una lista de cinco candidatos. Uno de
ellos –Fernando Lerdo de Tejada, vocero presidencial en
el gobierno anterior– declinó porque, dijo, nunca le
consultaron si quería formar parte de la Cofetel. Otros
tres (los especialistas Gonzalo Martínez Pous y Rafael
del Villar así como Julio di Bella, director de Canal
11) fueron rechazados por la mayoría priista en la
Comisión Permanente. Solamente José Luis Peralta, que ya
había formado parte de la Cofetel, fue admitido como
comisionado.
El 27 de junio la Comisión Permanente
aprobó una nueva lista de candidaturas. La Comisión
Federal de Telecomunicaciones quedó integrada por el
ingeniero Francisco González Abarca, designado por 5
años y que antes trabajó tanto para el Grupo Televisa
como para el Grupo Salinas –propietario de Televisión
Azteca–; el abogado Eduardo Ruiz Vega, designado por 6
años y que participó muy activamente en la defensa de la
Ley Televisa; el senador priista José Ernesto Gil
Elorduy, designado por siete años; el ya mencionado José
Luis Peralta, ingeniero con larga trayectoria en la
misma Cofetel y designado por ocho años, así como el
senador panista Héctor Osuna Jaime, que como presidente
de la Comisión de Comunicaciones y Transportes fue entre
los legisladores el promotor más notorio de la Ley
Televisa . Osuna fue designado como presidente de la
Cofetel. Tres de los cinco integrantes de la Comisión
colaboraron ostensiblemente para que la Ley Televisa
fuese aprobada y uno más trabajó para esa y la otra
empresa de la televisión comercial. Había pocas
novedades en la nueva Cofetel.
Soldados de las televisoras
Además de la decisión de la Suprema
Corte a la demanda de inconstitucionalidad, que todavía
a comienzos de octubre seguía pendiente, los desacuerdos
con la Ley Televisa y sobre todo el reconocimiento de
las insuficiencias que mantenía en el marco jurídico
para la radiodifusión y las telecomunicaciones
propiciaron que ese tema siguiera vigente en las agendas
de las principales fuerzas políticas del país. En
octubre de 2006, los partidos que respaldaron la
candidatura presidencial de López Obrador y luego
conformaron el Frente Amplio Progresista incluyeron la
derogación de la Ley Televisa entre sus propuestas. Por
esas mismas fechas el Senado creó una nueva comisión de
Radio y Televisión cuyo presidente, Carlos Sotelo
García, del PRD, anunció que entre sus prioridades
estaría la revisión de la Ley Televisa . Y el programa
de compromisos legislativos que Felipe Calderón, el
nuevo presidente de la República, les presentó a los
partidos dos meses antes de tomar posesión, incluyó el
propósito para: “Fortalecer las facultades de la
Comisión Federal de Telecomunicaciones, y garantizar los
principios de transparencia, eficiencia, competencia y
equidad en la materia” . Una de las críticas que se le
hicieron a la Ley Televisa era, precisamente, la
debilidad en la que se colocaba a la Comisión de
Telecomunicaciones. El hecho de que se anunciaran esos
cambios era, de inicio, un reconocimiento a las
insuficiencias de esa reforma.
Por lo pronto, el accidentado proceso
de discusión y la compulsiva aprobación de la Ley
Televisa dejó en sectores importantes de la sociedad y
el entorno político mexicanos la convicción de que había
sido un episodio grave y de consecuencias costosas para
el país. El escritor Carlos Fuentes lo expresaba en
estos términos: “La nueva ley despluraliza. Elimina del
espectro informativo a las voces culturales, opositoras,
críticas, diversificadas, débiles. Los fuertes tienen
asegurado el dominio sobre los canales que escojan en el
novedoso y amplio espectro digital. No tienen, en la
práctica, que licitar: ya están allí. Gozarán de la
concesión automática que, sin pedir permiso a nadie y
mucho menos a un Estado pasivo, se extiende a los nuevos
canales a partir de las concesiones actuales. En esta
competencia, las organizaciones críticas e
independientes quedan fuera del juego, disminuidas al
mínimo o inhabilitadas a futuro... En otros tiempos, las
televisoras comerciales eran soldados del gobierno. Esta
vez, el gobierno es el soldado de las televisoras”.
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